Mundial para ricos

El Mundial llegó con fiesta, pantallas y discursos, pero también con precios que dejan fuera a muchas familias. La verdadera evaluación no será oficial: será ciudadana, al final del evento.

Víctor González

6/19/2026

El futbol se vende como fiesta popular. El Mundial se presenta como encuentro de pueblos, culturas, camisetas, familias y calles llenas. Pero el Mundial que estamos viendo en Jalisco también trae una pregunta incómoda: ¿quién cabe realmente en esa fiesta?

No hablo del que puede verlo por televisión o ir al Fan Festival si alcanza lugar. Hablo de la familia que trabaja toda la semana, paga renta, gasolina, alimentos, escuela, transporte y, aun así, quisiera vivir un partido en el estadio con sus hijos. Para esa familia, el Mundial no está pensado. Está cerca en la propaganda, lejos en la cartera.

Los boletos se venden en dólares. Los paquetes de hospitalidad no ocultan su naturaleza: asiento premium, comida, bebida, acceso preferente, experiencia de marca. El Fan Festival abre la puerta sin boleto, sí, pero adentro no se puede entrar con comida ni bebida. El consumo ocurre bajo reglas del patrocinador, no del presupuesto familiar.

Entonces no basta decir que hay fiesta para todos. La pregunta es cuánto cuesta quedarse dentro de ella sin sentirse invitado de segunda. Porque una familia de cuatro no calcula solo el boleto: suma traslados, comida, bebidas, tiempo perdido, cierres, estacionamiento, seguridad, cansancio. Y si hace la cuenta completa, muchas veces se baja sola del sueño.

Ahí aparece el verdadero marcador del Mundial. No el de goles, sino el de ganadores. Gana quien vendió el palco. Gana quien vendió la marca. Gana quien aparece en la foto. Gana quien usa el evento para decir que todo salió bien. Gana el poder económico, otra vez tomado de la mano del poder político.

No se trata de negar la importancia de un evento internacional. Una ciudad sede recibe visitantes, atención mundial y oportunidades. Pero también hay que preguntar quién se queda con el negocio y quién carga con las molestias. Porque el ciudadano común pone la calle, soporta los cierres, paga los precios inflados y luego escucha el discurso del “saldo blanco”.

Ya se ve venir el cierre: cifras alegres, reflectores, funcionarios sonriendo, empresarios satisfechos y una narrativa perfecta para calentar el proceso electoral de 2027. Dirán que Jalisco estuvo a la altura. Tal vez sea cierto en la logística. Pero otra cosa es preguntarle a la gente si el Mundial también estuvo a la altura de su bolsillo.

El deporte más popular del mundo no debería sentirse como evento privado con decoración pública. Si el futbol convoca al pueblo, el acceso no puede depender de cuánto aguanta la tarjeta. Y si la derrama se presume como beneficio colectivo, también debe medirse desde abajo: cuánto pudo disfrutar la familia promedio, no cuánto facturaron los de siempre.

La mejor opinión no saldrá del palco, ni de la conferencia de prensa, ni de la selfie oficial. Saldrá de quien quiso llevar a sus hijos y no pudo. De quien vio la fiesta detrás de una valla. De quien hizo cuentas y entendió que el Mundial pasó por su ciudad, pero no necesariamente fue suyo.

Ese ciudadano tendrá la última palabra.

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